Niños buenos
Las niñas buenas van al cielo, las otras a todas partes,
recuerdo haber leído y anotado junto a las frases que cuando adolescente me
gustaba poner por todos lados, como himnos. Y a ésta que me sonaba tan bien
entonces, le doy hoy un sentido nuevo, y me sigue pareciendo cierta.
Me toca muchas veces atender familias compuestas por un “niño problema”, padres más o menos
desesperados que inventan y prueban fórmulas para ayudar al hijo a cambiar su
conducta, a mejorar sus notas, a pelear menos, a tener menos pataletas… y un
hermano o hermana (por lo general mayor, pero no siempre) que, a decir de los padres, se las arregla solo,
es responsable, tiene buenas notas, es sociable y además los ayuda con el
pequeños monstruo. Son estos niños y niñas
de los que las tías en el jardín y luego los profesores dicen que “no
dan problemas”, y a veces “ni se notan”.
Y justamente eso, que parece tan
cómodo para los profesores y cuidadores
en general, y de lo que los padres tantas veces se enorgullecen, comienza a
convertirse en un problema. Uno silencioso, invisible, huidizo, tan normal que
no se nota. Pero duele.
Junto a este niño o niña buena hay un hermano que no
logrando ser tan independiente, tan sociable ni tan estudioso, ha encontrado su camino, más intrincado pero
efectivo, para que lo quieran: con sus pataletas y conflictos permanentes se
asegura la atención (¿y no es eso el cariño?) de sus padres. Y nuestro niño
bueno, por más que se esfuerce en seguir siéndolo, comienza a quedarse solo. Y
comienza a entrar a la adolescencia y la vida se hace un poco más compleja, y a
veces querría no hacer nada, o quejarse o llorar o hacer lo que sus amigos,
pero no puede dejar de ser “bueno”,
porque cumplir las expectativas de sus padres se ha convertido en su
propia expectativa.
Y a veces no pasa nada, y transitan por la adolescencia sin apenas sobresaltos, y se hacen adultos
responsables, trabajadores y confiables, sin fallar nunca, nunca, nunca hasta
que el cansancio y el desconcierto y las emociones acumuladas y reprimidas y la
sobreexigencia se convierten en un desánimo bastante estable, y en una tristeza
que no entienden, y de pronto una depresión que nadie, menos ellos consiguen
explicarse, que generalmente es larga, profunda y de la que, si se trabaja
bien, se sale con la vida dada vuelta pero bien parado, y si no, solamente con
la vida dada vuelta.
A veces, por suerte, se filtra durante la adolescencia esa
convulsión interna de sentimientos y deseos que pugnan por salir, y salen en
forma de mal humor, o baja en las notas, o retraimiento, y logran llamar la
atención, y es posible que entonces surja una preocupación por lo inesperado, y
a veces es así como llegan a consultar.
Otras veces comienzo a trabajar con el “hermano problema”,
inevitablemente con los padres, y la
hermana buena (o hermano bueno) aparece de refilón en los relatos, y en
ocasiones logro contarles a los padres y convencerlos de la importancia de
trabajar con ella.
Y lo que quiero contar es que muchas veces esos procesos son
tremendamente satisfactorios, porque una vez traspasada la coraza, este
adolescente se atreve a mirarse, y a contarse lo que siente, y a aceptar
también sus sentimientos más oscuros, y las ambivalencias, y los miedos, y las
soledades, y se va deshaciendo de cargas pesadas como el temor de no ser
querido por ser simplemente quien es, o el cansancio de asumir roles que
acomoden a los padres (ser mamá del hermano chico, o confidente de la madre)
pero que lo dejan sin lugar. Y puede que ya no sea tan amigo de todo el mundo,
ni tan “tranquilo”, pero es probable que sus padres empiecen a conocerlo mucho
mejor y quizás deje de hacer atletismo el fin de semana o de estudiar piano 3
horas al día, pero en cambio esté feliz de sentarse y hablar con sus padres o
pasar tiempo con ellos porque sí
Y lo que yo veo, es a
alguien florecer, porque aprende que puede equivocarse y pedir ayuda o
protección, y expresar la rabia y llorar la pena y puede entonces desplegar de
verdad sus potencialidades, y construir sus proyectos y pelear sus deseos y
sobre todo mejorar enormemente el
concepto que de sí mismo tiene, la autoestima, y aunque eso signifique a veces que ya no es
tan “bueno”, finalmente logra ir a todas partes, sobre todo a las que elige, como
en la frase de mi adolescencia.
A.R.
Yo tengo una hija así, ella es un amor. Y me preocupa a veces que no pueda expresar sus sentimientos porque como ella siempre está bien, queda desplazada después de sus hermanos y otras cosas domésticas. Pero ¿cuándo se si la debo llevar o no a la consulta?
ResponderEliminarHola Sofía,consultar en estos casos es siempre enriquecedor, lo importante es que a ella le haga sentido tener un espacio propio, y eso a veces es más común cuando se produce algún cambio (familiar, de colegio, de edad, de ánimo, de circunstancias), porque se produce tensión.
EliminarPor mientras, lo importante es que tú puedas estar atenta a ella, darle espacios para conversar, mostrarle que tú ves que a veces es desplazada y que te imaginas que eso le puede generar rabia, o pena...